Todos hablan de ella. Nacionales y extranjeros la disfrutan mucho y es su historia la que la convierte en una ciudad mágica. Es esa magia, precisamente, la que ha transformado a Cartagena en una ciudad de fantasías, donde cosas inimaginables se ven a diario.
Esto más bien parece un pequeño prólogo de un libro de historia del “Corralito de piedra”, pero las fantasías de las cuales hablamos no sólo se dan por las piezas coloniales de arquitectura que aún hoy existen, también se dan por acontecimientos que actualmente se viven en la ciudad.
Recientemente una de esas fantasías podía vivirla cualquier transeúnte que visitara el centro de Cartagena. Aquel que se diera un paseo por la Plaza de la Aduana podía sentir esa experiencia casi religiosa en la que todos podían convivir por igual. Y era ahí: justo en frente de los ojos de Cristóbal Colón y de la Alcadía Municipal.
El Festival del Pastel, que ahora sin nigún problema podríamos llamarlo “Festival Internacional”, había sido trasladado de su lugar sede durante muchos años: El Parque Centenario. Quien sabe, si para darle mas caché o mas rating, el sector elegido fue la esquina de la Plaza de la Aduana.
Esa misma esquina fue elegida hace muy poco tiempo por los propietarios de una de las franquicias más reconocidas en el mundo: Hard Rock Café. Esta abría sus puertas en la ciudad turística mas importante de Colombia y en la cual, sin duda, hacía falta. Sí, hacía falta, porque este café-restaurante se ha convertido en un símbolo, no solo por su ambiente de oda al Rock, sino por la tienda de ropa que tiene. Por estos días tener un camiseta del Hard Rock Café Shanghai –aunque sea exactamente igual a la que venden en otra ciudad- es una insignia de haber visitado la ciudad. (Es, por tanto, una solución para aquellos que querían llevarse un recuerdo que hablara de Cartagena y no querían comprar la popular camiseta que dice “Yo vengo de Cartagena, cuando va usted?”)
Regresando a la fantasía, era inimaginable que uno de los festivales más tradicionales y populares de la región pudiera tener la capacidad de competir contra este reconocido restaurante, pero ahí estaba, más que compitiendo conviviendo. Mientras de un lado las mujeres típicas cocineras de la ciudad preparaban pasteles para hacer unos pesos en navidad y hacían deleitar el paladar de los consumidores, del otro lado se acercaban otro tipo de consumidores a un restaurante-tienda llena de vendedores cartageneros uniformados de gringos.
No sólo atraía la clientela al mencionado restaurante extranjero su nombre tan sonado sino el inigualable ambiente que generaba la novena rezada por unos locos bajitos en una pequeña tarima al lado del festival y tambien la salsa de la popular “esquina de Fidel”.
Esta expresión de convivencia hace parte de la fantasía que se vive en esta gran ciudad. Es simplemente fascinante notar como dos tipos de cultura pueden convivir sanamente sin ningún tipo de diferencia. Sin embargo, el edificio de la Alcaldía, inspector de toda la situación, debería también insistir en que este tipo de situaciones se vivan en toda la ciudad. No solo debe suceder en el centro histórico y durante la época turística, la igualdad se debe vivir en todo momento. Esas buenas condiciones en las que trabajaron durante la temporada navideñas las cocineras de éste plato típico debería ser garantizado en la forma de vida que deben tener ellas y todos los cartageneros en cada una de sus casas. Y si no es así, mejor no engañemos al ojo inspector de Cristobal Colón.
Columna publicada por Juan Carlos Covilla M. a las 12:59 PM
